
Cuando escuché por primera vez la palabra “decimonónico” me imaginé un montón de posibles significados y cuando me enteré que se refería al siglo XIX me pareció tan melancólicamente romántica como el mejor relato de Víctor Hugo, Alfred Tennyson o Alejandro Pushkin.
El romanticismo tiene un montón de variantes en sus formas pero por lo general, su motor es llevar al máximo extremos las pasiones humanas, siempre envueltas por un aterciopelado misterio y una magia casi sobrehumana. De ahí que conozcamos manifestaciones góticas, poesía “maldita” y romances desgarradores.
Pero… ¿cómo leían los autores decimonónicos una fiesta tan colorida como “la Navidad”?
Entre las coincidencias encontré que la navidad, desde el XIX se ha considerado como un momento profundamente emotivo que reúne a la familia, convoca opíparas cenas y está cargada de “sorpresas”… pero sobre todo, que es el mejor momento del año para redimir a los avaros y consolar a los corazones afligidos.
Canción de Navidad se ha convertido en un verdadero clásico de las temporadas decembrinas, ya que desde que fue escrita por Charles Dickens en 1843 se han realizado incontables representaciones aprovechando todas las bondades de la creatividad humana y de las bellas artes. La historia en la que el amargado y avaro Ebenezer Scrooge recibe la visita del espectro de su socio Jacobo Marley y recorre las navidades del pasado, del presente y del futuro guiado por tres diferentes fantasmas ha sido presentada en musicales, piezas teatrales, cine y hasta en dibujos animados.
Desde Inglaterra para el mundo la Canción de navidad transmite un mensaje de reconciliación y se ha convertido en un símbolo navideño junto con el pavo, el muérdago y los gorros rojos que adornan desde el papel para envoltura hasta las cabezas de miles de simpáticos peluches.
En México otro romántico decimonónico Ignacio Manuel Altamirano escribe también una moralizante y encantadora historia: La navidad en las montañas publicada en 1871, en la que en plena Guerra de Reforma –recordemos que uno de los conflictos más trascendentales de ésta fue la separación entre la Iglesia y el Estado- un capitán liberal y un cura jesuita disfrutan de una bellísima navidad en un humilde pueblo perdido en las montañas.
Altamirano, al igual que Dickens, aprovecha el escenario místico de la noche del 24 de diciembre para exponer sus ideas sobre las diferencias sociales de su país, así como sus ideales para modelar una sociedad próspera, civilizada y armónica.
Entre coincidencias y estilos totalmente diferentes, los personajes de ambos autores decimonónicos nos dejan lindas moralejas que nos invitan a reflexionar sobre la paz, la unidad y el perdón.
Otra moraleja en torno a esto es que un libro siempre es un buen regalo, además son más baratos. Como siempre, la invitación está hecha, leamos a Manuel Altamirano y a Charles Dickens en estas navidades.
Felices fiestas para todos.
.:m:.